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Viajes // 2018--02 -ISLANDIA



<<<links a las fotos debajo del texto<<<

Isla blanca en invierno, puro hielo. Frágil, se asienta sobre un mar de fuego, de terremotos (hay cientos por día) y de aguas hirvientes. En cualquier momento, todo ese revoltijo escondido debajo de las nieves puede hacer furiosa catarsis, por boca de alguno de los múltiples volcanes.
Isla joven, muy joven desde el punto de vista geológico, apenas hace unos 20millones de años que apareció allí donde el Océano Atlántico se transforma en el Ártico, donde los confines de Eurasia pugnan con las placas de América. Isla joven, también, porque no tuvo habitantes hasta el siglo IX de nuestra era, cuando intrépidos vikingos se atrevieron a desafiar su inhospitalidad y produjeron los primeros siglos de magia, sagas y leyendas (hace poco se descubrieron, en los subsuelos del centro histórico de Reikjavik, las ruinas del primer “hall”, enorme edificación del año 871 que fue vivienda para todo un clan, además de establo, granero y talleres; el lugar fue convertido en una extraordinaria exposición que se puede visitar escaleras abajo). Isla joven, finalmente, porque declaró su independencia (de Dinamarca) apenas al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

Comarca
de auroras boreales y de palabras larguísimas e impronunciables, aislada entre las lejanas islas británicas y la inmensa Groenlandia. País de poetas, capaz de cien climas extremadamente opuestos en una sola mañana: vientos temibles con granizo y nieve dan lugar a soles radiantes en cuestión de minutos, país sin autopistas, que pasó de Odín a Jesucristo en una sesión parlamentaria (un poco más sangrienta fue la transición, varios siglos después, de la Iglesia papal a la de Lutero). Tierra cara, muy cara, donde cenar a veinte euros por persona amerita festejar la ganga, Islandia es dueña de un equipo nacional de fútbol que, compuesto por dentistas y arquitectos, se clasificó por primera vez a un mundial y jugará con Argentina en el debut de Rusia 2018. Antes de ir a Islandia (llegamos una medianoche al aeropuerto completamente cubierto de nieve de Reikjavik) alguien nos dijo que los que viajan a esos parajes "quedan con un linaje especial en la mirada"; no sé si acaso sea cierto, pero podría serlo, es más, creo que lo es (parece que hasta a Borges le cambió su mirada ciega, porque nunca dejó de hablar de Islandia y de sus sagas).
No conozco otro lugar del mundo que haya bautizado a su Catedral con el nombre de un poeta.


Sólo estuvimos unas horas en Reikjavik después del aterrizaje nocturno.

El martes 13 de febrero, ya con el auto alquilado en nuestras manos (preparado para esas rutas que muchas veces parecen pistas de patinaje sobre hielo), salimos a recorrer el interior de la isla-país. Pasamos por la pintoresca Borgarnes y su muestra interactiva sobre las sagas, y por la playa de focas de Ytri Tunga (donde nos recibió, sin gente ni focas, la bruma y la total soledad de un temprano atardecer). Llegamos al hotel de Stykkishólmur, en el noreste de la península de Snaefellsjökull que acabábamos de recorrer.

En la mañana siguiente partimos temprano hacia nuestro destino en Geysir, pero Snaefellsjökull nos esperaba con otros planes. Mientras atravesábamos la angosta península de norte a sur, la llovizna se convirtió rápidamente en copiosa nevada, el viento de oriente en algo así como un huracán, y la bruma liviana en un espeso banco de niebla. Hubo que bajar la velocidad, a 70, a 50, a 20, a 10 y finalmente a 0km/h. Luego, en la medida que aclaraba un poco y alcanzábamos a ver algunos metros de ruta, avanzábamos lo que podíamos, casi como ciego en bosque. De pronto distinguimos un grupo de pequeñas luces sobre la derecha, juntamos coraje y nos desviamos hacia allí, apartándonos de la línea que aún intuíamos como ruta. Esas luces pertenecían a un conjunto de autos cuyos moradores, como nosotros, buscaron amparo amedrentados por el temporal. Cerca del puñado de vehículos había una casita. Con el transcurrir del tiempo, algunos de los tripulantes de los coches se animaron a cruzar los temibles 10 o 15 metros que había hasta la casita. Vimos que las personas que entraban en la casita no volvían a salir, entonces, o era un lugar agradable o era... vaya a saber qué. Finalmente, luego de casi dos horas en nuestro auto (con el motor encendido para mantener calefaccionado el ambiente) nos animamos a salir. El pequeño hotel familiar (que eso resultó ser la casita en cuestión) se había convertido en una suerte de improvisado refugio de montaña. La familia-huésped se esforzaba en atender a los perdidos viajeros, permitiéndoles hacer uso del barcito del lobby –a esas alturas completamente desbordado en su capacidad- a cambio de consumir algo o de depositar una moneda de 100 coronas (1 dólar) en la urna dispuesta para tal fin. La noticias meteorológicas fueron empeorando, el temporal (inédito en las últimas dos décadas, según los locales) no iba a amainar hasta el anochecer, había entonces que cambiar los planes con urgencia. Emprendimos la gestión –afortunadamente exitosa- y logramos una habitación, allí mismo, para pasar la noche.

La nueva odisea fue alcanzar la habitación: como el lugar tenía estructura de motel, para poder dar con el cuarto asignado hubo que rodear el edificio, contra un viento feroz e ínfimas partículas de granizo que golpeaban el rostro haciendo casi imposible mantener los ojos abiertos. Por fin entramos al ansiado cobijo de la pequeña habitación, un verdadero paraíso dadas las circunstancias.  La siguiente andanza fue ir y volver hacia/desde la cena en el barcito, aunque el temporal ya estaba empezando a amainar. Tal fue nuestro “rito de iniciación” en Islandia, la gran aventura dentro de la aventura.



Al día siguiente el temporal había cesado, era una jornada fría pero hermosa. Alcanzamos el “Golden Circle”, que no es un hotel de Las Vegas sino la zona donde están tres de los lugares más bellos e interesantes del país: el sobrecogedor paisaje de Gullfoss, el increíble parque escarpado de los géisers (esos “volcanes” de agua hirviente que hacen erupción cada tantos minutos u horas en forma regular), y el escenario histórico natural de Thingvellir, que se pronuncia “zingvellir” (y se escribe con una especie de “p” deformada islandesa que no existe en nuestros teclados), la sede del “primer parlamento democrático del mundo” (nada que ver con nuestro Congreso de Callao y Rivadavia; se trata de una porción de tierra a la intemperie entre altas montañas, que fue elegida en el siglo X por los representantes de la distintas tribus que poblaban Islandia para arreglar allí sus asuntos políticos, culturales y económicos: esos pobladores originarios, vikingos fugitivos de los monarcas escandinavos, habían decidido no tener rey). Y fueron los congresistas allí reunidos los que lograron, a la sombra de las imponentes cumbres y entre los balidos de sus rebaños, una pacífica transición del paganismo al cristianismo, algo inédito en la Europa medieval contemporánea.
Esa misma noche llegamos a Vik, el punto más austral de Islandia, ubicado en una lengüeta de tierra que penetra levemente en el mar. Allí, en su frontera norte, el Océano Atlántico parece descargar con furia sus últimos impulsos: sus enormes olas chocan violentamente contra las rocas y las negrísimas playas de lava.
Después siguieron otras jornadas de maravillas, el Parque Nacional de Skaftafell y el alucinante viaje hasta la cueva de hielo de Jökusárlón, por un camino sin camino, que sólo el conductor del vehículo (más que 4x4, un 6x6 u 8x8) era capaz de adivinar entre montañas de nieve y lagos congelados.
Y fue en Skaftafell el esperado encuentro con una aurora boreal. Tal como había sido acordado, cuando llegó el momento -a las dos de la mañana- la gente del hotel nos despertó al grito de "¡northern light!¡northern light!" y nos
dirigimos apresurados hacia el lugar que se nos indicó. En el apuro salí sin trípode, pero aún así se produjo un fenómeno impensado. El cielo nocturno sólo presentaba al ojo desnudo un vago resplandor grisáceo. Preguntamos a nuestros anfitriones adónde estaba la aurora. “Esa es la aurora”, nos dijeron señalando el resplandor. Ante nuestra decepción, nos explicaron que así se ven las auroras durante los períodos de baja actividad solar; que en esos momentos el índice de actividad estaba en “kp 2” (en una escala del 1 al 9), pero que una cámara con manejo de sensibilidad y velocidad podría captar la aurora “real”. Saqué varias fotos. Para mi maravilla, en las fotos las auroras sí eran intensamente verdes (las puede apreciar el lector en el link de más abajo).  Ahora bien, ¿cuál fue la “aurora real”?¿La del ojo desnudo, la de la cámara, ambas, ninguna de ellas?



En la tarde del sábado 17 emprendimos el regreso a la capital del país. Tuvimos tiempo de entrar en Hvolsvöllur, casi sobre la ladera del volcán Eyfjafjallajökull (el mismo cuya erupción de 2010 paralizó todos los vuelos de Europa durante varios días) y visitar allí el fascinante Lava Center, que narra con apoyo de novísima tecnología todo lo que hace a los movimientos de las entrañas terrestres que Islandia vive como terremotos, géisers y volcanes, y en cuyo espacio gastronómico nos dimos el gusto de comer bien y “barato”, a “sólo” 22 euros por persona.   

En Reikjavik pasamos varios días, y estuvo muy bien estar varios días. Recorrimos el muy interesante Museo Nacional y algunas exhibiciones de arte, el puerto, las muestras sobre auroras, geología o primitivos asentamientos, la fantástica Catedral luterana (esa que se llama Hallgrimskirkja, "la iglesia de Hallgrim", en honor a Hallgrim Pétursson, poeta y sacerdote del siglo XVII), construcción geométrica levantada en el XX que se ve desde todos lados en una ciudad que carece de edificios altos. Desde la cumbre de la pirámide-iglesia se obtiene una excelente vista panorámica de la ciudad. Caminamos y caminamos por las calles nevadas y tranquilas, que suben y bajan repletas de incontables barcitos en los que da gusto hacer un alto por un capuchino o un hot chocolate. Caminamos entre casitas de cuento, antojadizas estatuas multiformes y lagos congelados, en cuyos rincones múltiples tipos de aves hallan su necesaria parcela de agua líquida.  
Uno de esos días reikjavikianos viajamos cuarenta kilómetros al suroeste, hacia la península de Reykjanes. Allí nos esperaban, bajo la fría llovizna y en medio de un páramo de rocas de lava cubiertas de hielo, un asombroso conjunto de modernos edificios y un parking en el que entraban y salían buses repletos de turistas, en su mayoría chinos. La mundialmente famosa Blue Lagoon (Laguna Azul), principal destino turístico de la isla, es un lugar maravilloso y fantasmagórico, al tiempo que un poco difícil para quien la visita sin la cobertura de un grupo organizado (descártese para un presupuesto “normal” cualquier intento de almorzar en el restaurante de la locación, por ejemplo un plato suelto de pescado común y corriente cuesta unos 45 euros, a lo que hay que sumarle bebidas y demás). Luego de largas filas, al visitante le “tiran” una toalla, y sin demasiadas explicaciones lo dejan pasar a los vestuarios, donde lleva un tiempo descular -entre espesos contingentes de visitantes- cómo funcionan los armarios automatizados. Como es obligatorio ducharse antes de entrar a la laguna, hay que hacer de tripas corazón para atravesar -en ese estado de indefensión, mojado y cubierto sólo con malla y toalla, bajo vientos y garúas que llevan la sensación térmica a cinco o diez grados bajo cero- los cinco o diez metros entre la salida de los vestuarios y el ingreso a las aguas cálidas (sólo al volver al vestuario el visitante primerizo se da cuenta de que hay -sin ningún tipo de señal que lo indique- un corredor acuático que permite entrar directamente a las aguas desde el interior del edificio, pero ya es demasiado tarde). Mencionado lo anterior, hay que decir que la experiencia vivida valió con creces haber pasado tales dificultades. Es de ciencia ficción el dejarse flotar en aguas termales a 38 grados, cargadas de sílice y otras sales muy saludables, mientras se toma una cerveza en el bar de la laguna y se contemplan, entre los vapores que cubren toda la superficie acuática, paisajes de otro planeta.

Y llegó, finalmente, el final. Pero así como no es fácil alcanzar Islandia, tampoco es simple abandonarla. Teníamos un esquema de dos vuelos: Icelandair de Reikjavik a París, y Joon (subsidiaria de Air France) de París a Barcelona. Por la noche del mismo día (jueves 22 de febrero), una parte del grupo familiar debía tomar a su vez el vuelo de regreso a Buenos Aires, con lo cual no había demasiado margen para sorpresas. En la tarde del día anterior, me llega un mail de Air France diciendo que precisamente el 22, ningún otro día, sólo el 22 de febrero, habría paro de pilotos, y que no podían garantizar la operación de ninguno de los vuelos de ese día. El estrés provocado por la noticia fue intenso, hasta que encontramos disponibles unos vuelos low cost París-Barcelona para la tarde del jueves fatídico. Sacamos los boletos, duplicando los pasajes que teníamos para el tramo en cuestión.
El aeropuerto Charles de Gaulle de París estaba como de fiesta cuando llegamos desde Islandia, con cánticos y marchas sindicales por doquier, pero nuestro vuelo de Joon-Air France salió de todos modos (conducido curiosamente por pilota y copilota), y tuvimos que arrojar a la basura los boletos low cost. Habíamos comprado tranquilidad, no nos arrepentimos.




A continuación las fotos, algunas de ellas con comentarios añadidos, todas con nombre-referencia de contenido:


Fotos de Islandia interior (occidente y sur) clic aquí --


Fotos de Blue Lagoon clic aquí
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Fotos de Reikjavik clic aquí
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