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Viajes // 2018--02/03 -MARRUECOS



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A Marruecos viajé solo, desde Barcelona.

Quería ver sobre todo la antiquísima Fez, caminar por donde caminaron los sabios medievales, ver el contraste entre aquel mundo perdido y el actual. Y pude apreciar allí cómo se articula la presencia de una universidad, la más antigua del mundo, junto a la mezquita de Qarawiyyin, con las callejuelas abarrotadas de burros, la infinidad de pequeñas tiendas bajo los techos del zoco, los hábiles comerciantes vociferantes, los puestos de artesanos de todos los rubros imaginables, los hornos subterráneos de pan y los aviarios improvisados que exhiben pollos vivos (y sospechosas jaulas repletas de palomas) a compradoras que en poco tiempo los convertirán en plato hervido o asado. Ahí nomás está la casa que fuera del médico y filósofo judío Maimónides (ahora repartida entre un reducido restaurante y viviendas particulares) durante su exilio del siglo XII, y un poco más allá la plaza Seffarine, la de los orfebres, artesanos del cobre que hoy, como centurias atrás, baten sus piezas a perfecto ritmo, conformando una especie de concierto impecable mientras estudiantes y profesores entran y salen de la Biblioteca y de la Escuela que dan a la misma plaza. En lo que a mí respecta, trepé unas estrechísimas escaleras para contemplar el espectáculo desde la terraza del “Restaurante Seffarine”, donde conseguí -además de la vista privilegiada- un delgado sandwich de pasta de atún y un poco de agua.


En Marrakech también hay callejuelas y mercados (zocos) en la Medina (ciudad vieja), y como en Fez, una parte moderna, construida por los franceses en las primeras décadas del siglo pasado, con sus McDonalds y sus shopings, y una Mellah (barrio de los judíos que ya no están). Pero Marrakech es más comercial, más de las caravanas de mercaderes y dromedarios que paraban a intercambiar productos y a descansar en los Funduqs (albergues) durante su tránsito por los desiertos. Marrakech no tiene la tradición cultural de Fez, pero sí posee la espléndida plaza de Yema el Fna, rebosante de multitudes y movimiento incesante, y de encantadores de serpientes, y de improvisados cirujanos que sacan piezas dentales a la vista del público, de músicos, de cientos de puestos de comida y de exhibidores de monos. Eso sí, sacar una foto allí es una odisea, no hay monedas que alcancen para todos los que pretenden cobrar por el clic. Hay que sacar pocas fotos en la plaza, o bien refugiarse en los balcones de los dos o tres cafés para occidentales que dan al predio, y convertirse en fotógrafo clandestino.



Viajé dos días para llegar desde Marrakech a Fez, con un chofer bereber sin religión al que no le caían muy bien los “islámicos que dominan el país”. La travesía fue por las cordilleras del Atlas, haciendo noche en Dades. Más allá de los magníficos panoramas montañosos, las imponentes Gargantas y las colonias de dromedarios pastando tranquilamente sobre las banquinas, hubo dos cosas que me sorprendieron especialmente: la fantástica aldea de Ait ben Haddou, asentamiento medieval de misteriosas fuentes judaicas que persiste firme sobre la falda de una colina, y el camino de Boloujou a Ifrane, donde el paisaje se transformó abruptamente hasta hacerme sentir que existe una Suiza -con sus Alpes, sus bosques y sus lagos- en el medio de Marruecos (la temperatura, que había alcanzado más de veinticinco grados en el desierto, bajó a cero entre esos parajes).
Desde Fez, tomé un día para recorrer las ruinas romanas de Volubilis, la villa sagrada de Mulay Idris –que colgada sobre una montaña guarda los restos del santo homónimo, fundador del país- y la ciudad imperial de Meknés.

El regreso de Fez a Marrakech fue por otra vía, todo autopista, visitando Rabat, la bonita capital del país, y la legendaria Casablanca, principal metrópoli y centro  comercial e industrial de Marruecos, con la colosal mezquita de Hassan II, la segunda más grande del mundo después de La Meca, construida sobre las aguas del Atlántico a fines del siglo XX, el llamativo edificio blanco del Café Rick’s como perfecto homenaje al film que llevó a la fama a la ciudad, y la pintoresca rambla sobre el mar. Rabat –que está a solo 90 kilómetros de Casablanca- también descansa sobre las costas del Atlántico Norte. Llama la atención el bosque de columnas que quedaron a la intemperie cuando Almanzor, vigoroso líder de los almohades de hace mil años, murió sin poder cumplir el sueño de edificar una mezquita inconmensurable: quedaron como eterno testimonio del proyecto esas columnas y la gran torre de Hassan. En el siglo XX –al poco tiempo de que Rabat se convirtiese en capital- se levantó en el mismo espacio el Mausoleo donde yacen el padre y el abuelo del actual monarca marroquí, Hassan II y Mohamed V. Pero no se puede ir uno de Rabat sin ver la Casba de los Udayas, antigua fortaleza en la cima de una colina. No bien atravesé la muralla por la puerta de ingreso se me apareció un improvisado guía. Luego de pactar en 100 dirhams (unos 10 euros) el valor los honorarios, el guía me llevó por los callejones pintados –cual isla griega- de intenso azul y blanco, me mostró las casas de los artistas extranjeros que ahora viven allí, y me llevó a las terrazas de la fortaleza desde donde se aprecia el conjunto de la capital, sus costas y la majestuosa inmensidad del Océano.
  




A continuación las fotos, algunas de ellas con comentarios añadidos, todas con nombre-referencia de contenido:




Fotos de Marrakech, clic aquí --




Fotos de la travesía por los Montes del Atlas y Dades, de Marrakech a Fez, clic aquí
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Fotos de FEZ, clic aquí --





Fotos de Volúbilis, Mulay Idris y Meknés, clic aquí --




Fotos del regreso de Fez a Marrakech, por Rabat y Casablanca, clic aquí --

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